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viernes, 8 de mayo de 2015

Adicción

Esta es una reflexión muy interesante. Jeff Foster es un " pensador independiente' , no adscrito a ninguna tradición y en este artículo ofrece una visión muy amplia de la adición coherente con la evitación experiencial. Finalmente, la salida acaba siendo la aceptación, mirar de frente, abrazar nuestro sufrimiento...
 
Adicción - Jeff Foster
 

Durante los últimos años he hablado con cientos de personas de todo el mundo que se autodenominan “adictos”. Seamos claros - no sólo los “adictos” son adictos. Todos somos adictos de diferentes maneras, al trabajo, al alcohol, a la pornografía, al juego, al sexo, al poder, a tener siempre la razón, a probar nuestra valía, a revisar nuestro correo electrónico cada 5 minutos. Incluso, podemos hacernos adictos a las enseñanzas espirituales, a la meditación, a los gurús, a los retiros, a libros, a los satsangs. Pero la raíz de toda adicción es la misma - nuestra adicción hacia nosotros mismos. Nuestra adicción a mantener y a nutrir “mi” historia. Y subyacente a esto, nuestra adicción a salir de este momento, a escapar de las molestias buscando alguna clase de liberación. Nuestra adicción hacia el momento siguiente…

Recuerdo que de pequeño regresaba de la escuela sintiéndome a veces solo, triste e incomprendido, probablemente después de haber sido intimidado por mis compañeros o después de que se burlaban de mi en el autobús de la escuela. Llegaba directamente al refrigerador o a la despensa y, cuando nadie me observaba, me devoraba cualquier bocadillo que pudiera encontrar. La comida hacía que mi tristeza se fuera, o así parecía. Por unos pocos y preciosos instantes me sentía reconfortado, satisfecho, lleno - ya no había ese vacío en mí ni me sentía incompleto. Aparentemente la comida hacía que mi “hambre” desapareciera. Había llenado el vacío. Y mi estómago…

En realidad no quería comida, por supuesto, sino amor y aceptación. Comía para que el dolor de vivir desapareciera. Incluso a esa temprana edad, ¡comía para vivir! Pero, por supuesto, no tenía forma de articular esto en ese momento. ¡Simplemente me sentía hambriento! sólo tenía la urgencia de comer. No era realmente comida lo que yo quería - era amor, y vida. Tenía deseos de sentirme vivo. Estaba intentando y fallando al comerme la vida. Estaba tratando de comerme a mí mismo.

Ésta era un hambre cósmica, un anhelo muy profundo de ser tomado en cuenta, de ser incluido, de ser visto, de ser validado. Y si los otros no podían hacerlo, tal vez los chocolates sí. Todo eso era una expresión de una profunda hambre por la vida, hambre de recordar lo que yo era realmente - ese vasto océano de consciencia en donde las olas de pensamiento, sensaciones y sentimientos están completamente autorizados para surgir y desaparecer. Yo estaba ignorando mi verdadera adicción - con el deseo de recordar lo que yo era me estaba volviendo falsamente adicto a algo. Me tomó años y años darme cuenta de esto y empezar a enfrentar mi dolor en lugar de huir de él, a recordar en lugar de olvidarme de mí mismo, a descubrir que eso que realmente soy, jamás podría ser adicto a nada.
Más tarde, mis adicciones cambiaron hacia otros objetos y hacia otras personas y después, finalmente, todo este asunto se proyectó hacia mi búsqueda por la iluminación. La iluminación se convirtió en el objeto de adicción final. Vivía y respiraba enseñanzas espirituales hasta que empezaron a generar efectos secundarios. Pero no estuve satisfecho hasta que todo ese ciclo se rompió, justo en donde había comenzado.
 
Como individuos, todos somos adictos, en el sentido en que huimos del momento presente en cierto grado. Todos evitamos pensamientos y sentimientos, tratamos de no sentirlos, los ignoramos, nos distraemos de ellos, nos medicamos o meditamos o nos vamos de compras. Por un instante, pareciera como si la comida, el alcohol, el sexo, el gurú, la droga, la fama, tuvieran el “poder” de eliminar la tristeza, el dolor; el sentimiento de soledad, de vulnerabilidad y de aislamiento, y por último, la muerte misma. Pareciera como si la persona, el objeto o la sustancia tuviera el poder de “arreglar” la vida. Pero, por supuesto, pronto el “efecto” desaparece, el “subidón” desaparece y luego viene una especie de bajón, una especie de culpa y todas esas olas rechazadas y no deseadas regresan, algunas con mayor intensidad, y estamos de vuelta en esa fuerte identificación. Y después se nos antoja todo de vuelta. Posteriormente sentimos una mayor necesidad de la persona o de la sustancia. Y el ciclo continúa. ¿Qué es lo que rompe el ciclo?

RECONOCER NUESTRO MALESTAR EN LUGAR DE HUIR DE ÉL, AUNQUE SUENE MUY DESCABELLADO. Ahí es en donde el ciclo puede empezar a romperse. Reunirnos con estas olas antes rechazadas y darnos cuenta que todas ellas tienen un hogar en nosotros - la tristeza, la soledad, el miedo, la vulnerabilidad. Como el océano de la consciencia, somos lo suficientemente vastos como para aceptar cada una de ellas. Tienen permiso para entrar en nosotros, pero no pueden definirnos. Y así, enfrentar nuestros impulsos en lugar de evitarlos, encontrando una forma de estar con nosotros mismos en el ahora sin tener que movernos hacia un “futuro”. Así es como el mecanismo de la adicción puede empezar a disolverse.

Normalmente cuando surge algún impulso o urgencia, o tratamos de ignorarlo, tratamos de no sentirlo, o bien, actuamos sobre él. Solemos juzgar el impulso como malo o erróneo o incluso “enfermo”. Sin embargo, hay un punto medio - el encuentro del que yo hablo, esta profunda aceptación, este “estar con”, sin una agenda. Encontrarse con el impulso o la urgencia hace que ésta desaparezca y se rinda sin tiempo, y además, sin daño. Sentarse con la urgencia, dejando que se queme, permitiendo que esté allí con toda su intensidad, y después observar cómo todos esos pensamiento e imágenes surgen - ya sabes, la imagen de un delicioso pastel de chocolate, de una cerveza; esa película del pensamiento en donde te ves felizmente comiendo o bebiendo, de cuando tus problemas han desaparecido, esas películas de una liberación y una salvación inminente, de amor, de paz - y permitiéndoles estar ahí también. Y estar ahí con todas las sensaciones que surjan, incluso las incómodas. Y después también permitir la ira - con esa extraña superstición primaria de que si permitimos que la urgencia permanezca ahí terminaremos “actuando en consecuencia”, o que nos quedaremos “atascados” y nunca saldremos de ello, o que simplemente nos vencerá. Todos los juicios rondando. Sintiendo que necesitamos de inmediato “hacer algo” sobre esa urgencia. Y, después de todo esto, recordarte como ese amplio espacio abierto, el vasto océano de la vida en donde todas las olas ya han sido aceptadas. Y saber, después, que ninguna cantidad de alcohol, sexo, drogas, chocolate, palabras, imágenes o sentimientos puede generarte ese punto de profunda aceptación en este momento - porque eso es lo que tú ya eres y lo que siempre has sido. Aquello que tanto deseas, en un nivel más profundo, ya está aquí. Tú ya eres eso que buscas, como todas las enseñanzas espirituales a través de los años nos han estado recordando.

Estamos solamente buscándonos a nosotros mismos, en millones de formas diferentes, y el chocolate o el alcohol o los casinos nunca han tenido el “poder” de llevarnos de vuelta a casa, nunca. Nuestros gurús nunca han tenido el poder que nosotros proyectamos en ellos. Perdemos la fe en los gurús del cigarro y del alcohol, y regresamos a nosotros, confiando profundamente en nuestra propia experiencia una vez más, en una forma en que nunca pudimos hacer cuando éramos pequeños.
La adicción se deshace desde dentro. Ya que lo que somos está naturalmente en paz, naturalmente no-adicto, naturalmente completo, sin la necesidad de gente externa u objetos que lo complementen. Es aquí donde el círculo de la adicción - que es el ciclo del ser - puede ser roto, justo donde empezó. Esta es la exploración que toda adicción e indudablemente todo sufrimiento nos invita a hacer, independientemente de que nos veamos a nosotros mismos como “adictos” o no.

miércoles, 4 de marzo de 2015

“Mamá: no puedo parar los pensamientos que me llegan a la cabeza”

Por • 24 febrero 2015 
 
 
Una amiga me comentó hace unos días que su hija, de apenas cinco años de edad, le había sorprendido con este comentario mientras la llevaba a un cumpleaños. Sentada en su sillita, en los asientos traseros del coche, la pequeña se mostraba agobiada y desconcertada. No es la primera madre que me comenta algo parecido, pero en este caso resulta especialmente significativo el hecho de que la niña considerara que los pensamientos le llegaban de fuera..
No se trata del argumento de una película de ficción, al estilo de La invasión de los ultracuerpos, ni tampoco es consecuencia en este caso de alguna enfermedad mental, o una situación puntual y pasajera. Tras descartar todo lo descartable con el psicólogo, la conclusión no se hizo esperar: se trata sin duda de otra niña más alcanzada por lo que denominamos sobreestimulación. En 1997, hace ya dieciocho años, publiqué un libro sobre el consumo de drogas de síntesis entre los adolescentes, en el que hacía referencia exactamente a esta situación. Sin lugar a dudas nos encontramos ante la generación más sobreestimulada de toda la historia de la Humanidad. Hasta hace apenas 50 años los estímulos que recibíamos del exterior eran muy limitados y moderados en relación a los que recibimos hoy en día. Se trataba fundamentalmente de estímulos procedentes de nuestro entorno inmediato, familia, amigos, y las pocas horas a la semana que podíamos pasar viendo un canal de televisión en blanco y negro, o escuchando algún programa de radio.

lunes, 2 de marzo de 2015

Muy pocos adultos resistiríamos el test de TDAH de la OMS

Educación / Déficit de Atención
El autor del polémico libro «Volviendo a la normalidad» critica duramente el sistema de diagnóstico.

Marino Pérez - Catedrático de la Universidad de Oviedo
ABC

Después de su consolidación en la infancia, el TDAH se exporta ahora a la vida adulta. Esta es la denuncia que hace el catedrático en Psicopatología y Técnicas de la Intervención, Marino Pérez, en su libro «Volviendo a la normalidad» (Alianza Editorial). Para este especialista en Psicología Clínica y profesor de la Universidad de Oviedo, el trastorno carece de entidad clínica, pero la retórica utilizada y propagada consiste en decir que el TDAH «es un trastorno neurobiológico de origen genético, lo que ciertamente no está establecido, porque no hay pruebas clínicas que lo confirmen».

Pérez hace una crítica feroz al diagnóstico utilizado, que a su juicio «no tiene otros criterios que estimaciones subjetivas acerca de comportamientos de desatención e inquietud de los niños, cuyos comportamientos, por cierto, pueden deberse a una variedad de circunstancias, sin necesidad de etiquetarlos, ni a los niños ni a sus comportamientos. Por lo demás, el supuesto TDAH tampoco tiene base neurobiológica establecida, como hemos mostrado en nuestra última obra». Es más, denuncia, «los propios expertos que sostienen que el TDAH es una entidad clínica o una enfermedad, poco antes o después de decir eso en sus libros no dejan de reconocer que no se dispone de ningún “biomarcador”. Hasta los fabricantes de medicamentos reconocen en los prospectos que se desconoce la supuesta etiología del TDAH y que no existe ninguna prueba específica para su diagnóstico».

lunes, 23 de febrero de 2015

Se ha descubierto lo que probablemente causa la adicción, y no es lo que tú crees

Lucha por la Verdad - Word Press
Publicado el febrero 19, 2015
 
Hace ahora cien años que las drogas se prohibieron por primera vez. En todo este siglo de guerra contra las drogas, nuestros profesores y gobiernos nos han contado una historia sobre la adicción. Esta historia está tan arraigada en nuestra mente que ya la damos por hecho. Parece algo obvio. Parece manifiestamente cierto. Hasta que hace tres años y medio comencé un viaje de 48.000 kilómetros con mi nuevo libro, Chasing The Scream: The First And Last Days of the War on Drugs, para descubrir lo que realmente impulsaba la guerra contra las drogas, o eso creía. No obstante, lo que aprendí en el camino es que casi todo lo que nos han contado sobre la adicción es falso; hay una historia diferente a punto de ser contada, si es que estamos dispuestos a escucharla.
 
Si absorbemos esta nueva historia, tendremos que cambiar mucho más que la guerra contra las drogas. Tendremos que cambiarnos a nosotros mismos.
Yo lo aprendí de una mezcla extraordinaria de gente que conocí en mis viajes. De los amigos supervivientes de Billie Holiday, que me ayudaron a entender que el fundador de la guerra contra las drogas la acechó y contribuyó a matarla. De un médico judío, al que sacaron de un gueto de Budapest siendo un bebé para después revelar los secretos de la adicción siendo adulto. De un camello de crack transexual de Brooklyn que fue concebido cuando su madre, adicta al crack, fue violada por su padre, un agente de policía de Nueva York. De un hombre al que un dictador torturador retuvo en un pozo durante dos años y después fue elegido presidente de Uruguay para dar comienzo al final de la guerra contra las drogas.
Tenía un motivo bastante personal para querer saber esas respuestas. Uno de mis primeros recuerdos de niño es intentar despertar a un familiar y no ser capaz. Desde entonces, le he dado vueltas al misterio esencial de la adicción: ¿qué provoca que algunas personas se queden fijas en una droga o en un comportamiento sin poder parar? ¿Cómo ayudamos a esas personas a que vuelvan? A medida que me hago mayor, otro de mis familiares cercanos desarrolló una adicción a la cocaína y yo tuve una relación con una adicta a la heroína. Vamos, que estoy familiarizado con la adicción.