Ya se sabe que técnicas como el yoga o el taichi ayudan al bienestar físico del cuerpo, pero ¿influyen en el cerebro? Faltan estudios, pero los que existen apuntan a que esas prácticas mejoran su plasticidad y afectan en positivo a sus funciones.
A menudo no somos conscientes del placer de estar sentados sin hacer nada, dejando vagar la mente en el aquí y el ahora, sea en la playa, dejándonos llevar por el sonido de las olas; en el monte, al lado de un arroyo, o simplemente en casa. No sólo es una experiencia relajante, que nos ayuda a equilibrar nuestros pensamientos tras una jornada de trabajo y a reencontrarnos; si además prestamos atención a nuestros pensamientos, a algún objeto externo o a nuestra consciencia, estaremos meditando. Etimológicamente, meditación proviene del latín meditativo, que definía un tipo de ejercicio intelectual. La usamos para describir la práctica de un estado de atención concentrada, sea sobre un objeto externo, nuestro pensamiento, o simplemente sobre el propio estado de concentración.
Desde la década de 1960, y muy especialmente desde que en 1968 los Beatles fueron a India para asistir a un curso de meditación trascendental en el ashram del Maharishi Mahesh Yogi, el gurú fundador del movimiento Meditación Trascendental, muchas técnicas tradicionales orientales de concentración y relajación han ido ganando adeptos en Occidente, como el yoga, el tai-chi.... Se les atribuyen diversos beneficios, pero las evidencias científicas han sido siempre muy escasas, más allá del simple efecto de relajación que producen el silencio y la tranquilidad. Sin embargo, desde el 2009, un número creciente de trabajos experimentales han examinado los efectos de la meditación sobre la función, la conectividad e incluso la morfología en distintas zonas del cerebro.

